LA VULGARIDAD DE LOS NUEVOS TIEMPOS

Los medios  tradicionales e influyentes en la opinión pública como la prensa escrita, radial y televisiva han sucumbido a lo largo del tiempo a la vulgaridad de lo intrascendente, cuyo único fin parece destinado a lograr  rating de audiencias colosales y apetitosas ganancias económicas a través de la publicidad engañosa y tantas veces fraudulenta.

La era de la inocencia ya paso a la historia.  Cada año salen a las calles cientos de periodistas recién graduados,  no en la herencia monumental de los mejores reporteros del mundo,  ni en la ética de la verdad como blasón del quehacer cotidiano, sino en la conciencia de que no vivimos tiempos para forjar nuevos sueños, sino para sobrevivir y adaptarnos a la hecatombe de un mundo que se está desmoronando.

Esta visión apocalíptica, de repetitiva, se ha convertido en el cuento de la Bella Durmiente. Ya desde los años 80 del pasado siglo, cuando la Guerra Fría comenzaba su propio deshielo y los cimientos hasta entonces aparentemente inamovibles del sistema socialista mundial  iniciaba un desgarramiento sin retroceso,  comenzaron a sentirse los  halitos de la Bestia.

Empezó a hablarse con mayor frecuencia de un mundo cada vez más globalizado,  corrupción incrementada, vandalismo, criminalidad y los vicios más oscuros iniciaron su lenta e inexorable salida a la superficie de la Tierra. Se habian liberado de sus ataduras históricas los mismos males que milenios atrás condenaron al hombre prácticamente a su desaparición como especie.

Todavía la literatura, aterrada ente la realidad en que vive y se desenvuelve, ha podido hacerse eco de un muestrario temático que harían palidecer las narraciones de horror de Edgar Allan Poe, pero los lectores ya no son los mismos.

Cada vez más la gente mira menos hacia los libros de cuantiosas letras y mas al Internet de ilustraciones y textos animados. Cada vez más las tablets y e reader  sustituyen la ocasional lectura de cuentos y novelas. El olor de la letra impresa dejo de ser el perfume de los escritores,  y ha sido sustituido por el inodoro aroma de las nuevas tecnologías. No hay tiempo para nada porque el tiempo nos sobra. Todo es tan rápido que la lentitud parece una falta de respeto. NO hay ocasión para el saludo cordial. Los hombres no enamoran, sino las acosan. Las mujeres no sonríen a la lisonja, sino que los acusan. Ellas nacen sin la virginidad concebida.

Una fotografía de una pareja de jóvenes leyendo con absoluta concentración y evidente placer un libro bajo la sombra de un árbol en un parque público gano un importante premio internacional en un concurso de renombre.

El fotógrafo, sencillamente, había obtenido una instantánea insólita.

El placer de la lectura, de tan escaso, ha perdido su categoría de placer. La fantasía de los juegos en los teléfonos celulares, la conversación con gente desconocida a través de los chats, las fotos  en el You Tube, las películas en Internet,  los documentales en el Twitter, no dejan ocasión para mirar las calles, ni disfrutar de una caminata, ni sentir el aroma de las muchedumbres.

Detenerse frente a un jardín a exhalar el perfume de las rosas, o sentarse en un parque a observar a la vida como el espectador en un cinematógrafo, parecen cosas de un pasado que los más jóvenes  no se atreven a rescatar.

-No tengo tiempo para eso –dicen sin dejar de mirar la iluminada pantalla de un aparatico electrónico en sus manos. Es como conversar con un robot, con el perdón de los androides.

Y ese no es el tiempo einsteniano, donde lo relativo es una cualidad que enriquece la certidumbre humana de que algún propósito concreto tenemos todos en este mundo.  Tal vez sea el tiempo de Saga Fallavela o los supermercados de Metro y Real Plaza, donde lo importante es que usted se lleve algo que no necesite, pero ya nunca más será el tiempo de la bodeguita del barrio, donde a mama le vendían sin dinero, sino que todo lo apuntaban en una libreta.

Hoy la confianza viene en forma de tarjeta de crédito y tu mejor aliado es el cajero automático. En verdad, no hay tiempo para conversar con un amigo en una esquina, si ese tiempo se lo estamos robando a nuestras  geniales y tiernas computadoras.

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