EL MULTICULTURALISMO

➡EL MULTICULTURALISMO
En nuestra cultura actual, la multiplicación de grupos segregados amenaza con convertirse en sí misma en lo normal.
Los diferentes de la sociedad ya no son unos pocos casos bien identificables, y por lo tanto abordables y asumibles, desde un Estado de bienestar.
No, muy por el contrario, hoy en día, enfermos mentales, infectados por VIH, desocupados, vendedores ambulantes, chicos de la calle, trabajadoras sexuales, lesbianas, homosexuales, travestis, extranjeros de países limítrofes, latinos, hombres sin techo, mujeres, discapacitados y/o disminuidos físicamente, comparten con los casos ya mencionados (junto a otros nuevos: musulmanes, indígenas, bosnios y eslovenos) el triste privilegio de engrosar las listas de grupos sociales identificados por un mismo signo de discriminación, sin que parezca siquiera que ningún Estado pueda hacerse cargo ni de ellos ni de los anteriores.
Esta segregación amplificada, ¿se asocia a la existencia de un único orden global?
Por otra parte, frente a los problemas de la globalización, existen miradas como la de García Canclini (1997) que señalan la emergencia de un nuevo factor en los escenarios del nuevo orden cultural. Se trata del peso considerable que ha tenido la variable demográfica en la constitución de las megalópolis, y sus enormes consecuencias en la generación de una “compleja multiculturalidad”.
La multiculturalidad ha cambiado el paradigma urbano de los cientistas sociales de mitad de siglo XX. Hoy la cuestión “no es entender qué es lo específico de la cultura urbana, qué la diferencia de la cultura rural, sino cómo se da la multiculturalidad, la coexistencia de múltiples culturas en un espacio que llamamos todavía urbano”. Desde este punto de vista, García Canclini describe cómo coexisten diferentes ciudades dentro de una misma ciudad; lo que nos conduce a la pregunta correspondiente: ¿cómo coexisten diferentes culturas simultáneamente dentro de un mismo orden cultural (que llamamos todavía urbano)?
Respecto de Buenos Aires, por ejemplo, García Canclini sostiene: “La complejidad multicultural de grandes urbes como Buenos Aires, México o Sao Paulo es, en gran medida, resultado de lo que las migraciones han hecho con estas ciudades al poner a coexistir a múltiples grupos étnicos. Ésta es una experiencia que Buenos Aires tenía desde fin del siglo pasado cuando llegaron grandes migraciones europeas. Buenos Aires ha sido una de las primeras ciudades pluriculturales en el mundo, donde lo multiétnico era muy visible. Pero esto ha sido poco trabajado, salvo por parte de algunos historiadores, porque la tendencia era más bien a construir una unidad nacional, y a encontrarnos satisfechos con las maneras en que sobre todo los grandes flujos migratorios español e italiano se iban disolviendo en una estructura representativa de una unidad nacional, de ese crisol de razas”.
Resulta relevante entonces señalar que, en el orden cultural actual, dominado por la globalización económica y psico-cultural, “no hay que identificar demasiado rápidamente consumo con homogeneización. Las comunidades de consumidores que hoy se forman, incluso a nivel trasnacional, y que son especialmente perceptibles en las generaciones jóvenes, no unifican a todos bajo los mismos productos, bajo los mismos símbolos, sino que buscan también formas de diferenciación.”
Esta es la clase de problemas a las que se refiere, por ejemplo, Bernardo Subercaseaux (1999), cuando analiza la relación entre la cuestión de la identidad nacional en Chile y las consecuencias de la globalización. Subercaseaux señala que en Chile no se ha dado una suficiente penetración cultural de lo mapuche, capaz de conferirle a la cultura chilena -en general- un definitivo rasgo étnico y demográfico. A esto lo llama déficit de espesor cultural, en la medida en que, de acuerdo con García Canclini (1995) a falta de una suficiente raigambre étnica, la globalización impacta en las culturas nacionales generando la proliferación de nuevas identidades, llamadas nómades o transitorias, tales como la que resulta de compartir la simpatía por un equipo de fútbol, o compartir ciertos ámbitos de reunión (discotecas, etc.).

A propósito de ello Subercaseaux sostiene: “En un país donde hay un déficit (de arrastre) de espesor cultural étnico o demográfico, este tipo de identidades transitorias desempeñan un rol aún más relevante en la vida social y, no necesariamente inciden en una identidad nacional; a veces incluso pueden influir en una pérdida de importancia de ésta.
A la problemática cuestión de las posibilidades de definición de una identidad nacional (ver, por ejemplo, Bosch,; o García Canclini), cuestionada desde la década del ’80 por el postmodernismo, la globalización le agrega la transformación de los referentes históricos de cada sector cultural.
Ya desde los ’90 García Canclini (1992) sostiene que el neoliberalismo cambia la jerarquía de los referentes: “Me parece que cambia las relaciones entre lo nacional y lo extranjero. Lo nacional sigue existiendo, sigue siendo una posición necesaria pero –como lo vemos cotidianamente- estamos atravesados por una cantidad de productos e informaciones extranjeras que pasan a formar parte de lo que tenemos que saber para poder interactuar con nosotros. Y la mayor parte de esto no se produce en nuestro país. ¿Cómo lo administramos? No sólo cómo lo producimos, cómo vivimos lo nacional, sino cómo administramos lo que tomamos de todas partes. Esto es lo que pasa a ser la cuestión central. No hay que verlo en términos maniqueos. No creo en la sustitución del español por el inglés, o de las tradiciones populares por los entretenimientos electrónicos. Creo en las cuestiones más complejas, especialmente las políticas: ¿dónde están los focos de decisión y respecto de qué áreas de la cultura y de la vida social consideramos que lo nacional debe ser mantenido y reforzado?”.
El problema de la multiculturalidad mégalopolitana entonces, articulado a los efectos de transitoriedad en la formación de identidades culturales, unidos a su vez con la segregación estructural que el nuevo ordenamiento cultural produce, en tanto lógica conjuntista-identitaria, se puede describir como una suerte de implosión rupturita de los espacios y la historia local de los sistemas y subsistemas culturales.
Con la globalización, en tanto eje ordenador de una nueva cultura del consumo y promoción de un nuevo modelo psico-cultural, se multiplican los “diferentes”, pero en el seno del mismo sistema cultural.
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