Delincuencia desalmada

Por Isaac Zamora Suarez

Leo espantado una noticia. Una banda de delincuentes  robaron en San Juan de Lurigancho, Lima, una guardería de niños pobres.  El corazón llora y los puños  se aprietan cuando se comprueba que tales desalmados  hurtaron los colchones donde esas criaturas dormían, los juguetes con los que ellos fantaseaban, que es lo único de valioso que los niños  poseen, sus  cochecitos viejos para la movilidad de los bebes, y las  mantas, incluso deterioradas donde sus cuerpecitos desnudos se refugiaban del frio madrugador y hasta la ropita de uso, entregada por personas caritativas..

Por suerte existe una justicia divina que todo lo sabe y todo lo ve. Los vandálicos criminales que robaron a  niños sin amparo de nadie, pagaran caro cada prenda y objeto hurtado. Hasta los adornos de un nacimiento del niño Jesús desaparecieron.

Llora el alma ante tanta perversidad  Caerán de rodillas los villanos que cometieron tan vergonzoso acto.  La sociedad no se puede conformar con tener en su seno  delincuencia  semejante.

Tales son los que asesinan a niños sin piedad de ningún tipo, los que roban a los ancianos sus precarios salarios, los que quitan con violencia a las mujeres embarazadas sus bolsos con ropita para el bebe, los que arrebatan a pobres vendedores  callejeros la recolecta del día y, los que se llevan el dinero sombrero del ciego  limosnero.

Almas condenadas al fuego eterno. NI siquiera confesando tan repudiable crimen tendrán salvación, porque bien sabemos que hay límites para la maldad y la impiedad humanas.

No se puede robar a la pobreza y mucho menos extrema. Después de eso no queda más nada, sino el sufrimiento.

Llora la conciencia ante tanta barbarie. Podrán andar esos delincuentes por nuestras calles como si nada hubiera pasado, pero alguien les conoce y algún día pagaran con su propio tormento el día aciago en que   se llenaron los bolsillos vendiendo la miseria humana.

 

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